Productores del sudeste cordobés están apostando al pecán como cultivo alternativo que diversifica ingresos y promueve una producción más sostenible.
En los campos alrededor de Marcos Juárez, muchos productores comenzaron a preguntarse qué otro uso podía tener la tierra, más allá de los cultivos tradicionales. La respuesta llegó con el pecán, un fruto de cáscara dura que crece lentamente pero con firmeza. Con el apoyo de la estación experimental local del INTA, fue posible planificar el cultivo con cuidado, integrándolo al entorno cercano sin perjudicar los espacios urbanos colindantes.
La apuesta no quedó en un hecho aislado: se sembraron las variedades Pawnee, Desirable y Sumne en una hectárea de prueba, con resultados prometedores. Además, el proyecto incorporó cortinas forestales, cultivos de cobertura y prácticas silvopastoriles. Esto no solo ayuda al pecán, sino que enriquece la biodiversidad, mejora la conservación del suelo y crea un sistema agrícola más balanceado.
Un caso ejemplar es el de un productor de Morrison que, hace una década, decidió reemplazar alfalfa, soja y trigo por nogales. A pesar de los desafíos de adaptación, hoy su monte de pecanes resiste las variaciones climáticas y le ofrece ingresos sostenibles. Su éxito motivó a otros agricultores de la zona a sumarse, organizarse colectivamente y aprovechar el apoyo técnico del INTA.
El cultivo está todavía en expansión: ya hay cerca de 50 hectáreas implantadas en la zona, con una proyección de rendimiento de 20 kilos por planta en sistemas densos. El precio atractivo de la nuez pelada —entre 10.000 y 12.000 pesos por kilo en el mercado interno— impulsa el interés. Pero más allá del rendimiento económico inicial, el pecán abre puertas a valor agregado: de su semilla pueden elaborarse harina, aceite o nueces caramelizadas. Una apuesta por un cultivo que combina rentabilidad, diversificación y un horizonte sostenible.






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